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Cuaderno de bitácora. Quedan 27, 26, 25, 24… he perdido la cuenta

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Efectivamente, ya no sé en qué mundo vivo. Estoy fuera de servicio. El cuerpo no me da mucho más de sí. Me he esforzado por mantener el blog actualizado a diario y me ha supuesto un esfuerzo de titanes. Me ha costado horas de sueño, y no porque me haya quitado el sueño, sino que para poder actualizarlo, me he tenido que acostar muchísimos días demasiado tarde. Una autoexigencia que he pagado con creces.

Estamos ya en la recta final y siento que empiezan a fallarme las fuerzas. Supongo que ante la ansiedad que me genera que la vuelta del capitán está a la vuelta de la esquina y que ya sólo tengo que aguantar un poquito más.

Me ha invadido en los últimos días el ansia porque el tiempo, el mismo que tan rápido ha pasado en los últimos cinco meses, pase mucho más rápido. Pero cuanto más quieres algo, más se hace de rogar.

Aún no he llevado mi cuerpo al límite, o al menos no conscientemente, porque seguro que desde fuera se ve de otra manera. Pero sí siento que necesito un poquito de tiempo para descansar. O, al menos, poder dormir bien.

Así que disculpadme si a partir de ahora no actualizo el blog todos los días. Lo intentaré, pero quiero llegar en condiciones a final de mes.

Se me han quedado algunas cosas en el tintero que contar, aunque todavía hay muchos días para ello. Como el momento más bonito que he vivido como corredora popular y que ha sido poder entrar en meta de la mano de mis hijos.

Tampoco os he contado cómo está siendo la primera experiencia de tener bichos/caracoles en casa. Lo que pasa cuando dejas la caja abierta bajo la impresora y apenas cinco minutos después te faltan dos caracoles que se han escondido bajo el aparatejo.

Ya si eso os lo cuento otro día.

Hoy, de momento, me voy a la cama, que mi cuello lo necesita más que nunca.

Estoy, como dice la imagen, fuera de servicio.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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