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Cuaderno de bitácora. Quedan 28 días. Nicolás, te voy a llevar a un campamento de malotes

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El grumete Nicolás por fin ha entendido en qué consiste exactamente lo de los cromos. Cambiar los que tienes repetidos por los que nos tienes e intentar conseguir los mejores, ¿verdad?

Yo, de pequeña, recuerdo haber realizado colecciones de animales, de fútbol, de flores… Los había de todos los colores y para todos los gustos. Vamos, como ahora. También recuerdo que algunos eran muy difíciles de conseguir y esos eran los más preciados.

Pues ahora Nicolás ha entrado en la fase de empezar a cambiar cromos. Hasta hace dos días, como aquel que dice, se negaba a cambiar los repetidos. Podía tener cinco iguales que los cinco eran suyos. Pues, de la noche a la mañana, hemos pasado de un extremo a otro. Ahora cambia todos los que le piden sus amigos, aunque no los tenga repetidos y aunque sean los mejores.

Porque Nicolás es muy bueno y, también muy influenciable. Se deja llevar por lo que le dicen sus amigos del cole y claro, pasa lo que pasa. Que te engañan y te cambian un cromo de mierda por uno de los buenos. Pero Nicolás tan feliz.

Así que he tenido que hablar con él. Intentar explicarle que está genial que quiera cambiar cromos, pero que decida él si son cromos que quiere cambiar, que no se deje llevar. Que es mejor que solamente cambie los que tiene repetidos o que cambie los que no le gustan. Y por qué no, si quieren uno de los buenos, qué menos que te den cinco o seis cromos más a cambio.

El pobre tiene que espabilar un poco. No hay que ser mala persona, hay que ser avispado y poner siempre en duda lo que te dicen los demás. Y, si no te convence, no dejarte llevar.

¿No habrá un campamento de malotes? Le quiero llevar

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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