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Cuaderno de bitácora. Quedan 30 días. Respira Elena, no te pongas histérica

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Hoy he tenido un ratito de pánico controlado. La tablet se estaba quedando sin batería y no aparecía el cargador por ningún lado. Horror pavorrrrr. “Y ahora qué hago yo”, he pensado. “Elena, respira. No hiperventiles”. “Pero, ¿cómo es posible que no aparezca, que no esté por nigún lado?”

Ni que viviéramos en una súper mansión. ¿Dónde podía estar? He mirado debajo del colchón, en todos los bolsos, en el salón, en la terraza. Nada. He pensado en mi madre. “Seguro que se lo ha llevado por equivocación”. Pero no. Ella no lo tenía. “Entonces, ¿dónde demonios podía estar? No se puede haber volatilizado”.

He estado a puntito de perder los nervios, de cabrearme. De llorar. “Pero, ¿qué he hecho yo para merecerme esto? “. Por un momento me he sentido incapaz de vivir sin ella -duerme conmigo casi todas las noches-, no unos días, sino apenas unas horas que es lo que habría tardado en comprar un cargador nuevo.

Pero me he controlado. En todos estos meses sin el capitán he aprendido a no tener tan mala baba. A relativizar los problemas. A quitar hierro a asuntos que son totalmente superficiales. Bueno, a veces exploto sin control, pero creo que he mejorado mucho al respecto. Ya veremos cuando vuelva el capitán.

¿Y qué si no puedo utilizar un día la tablet? Pues no la cojo y punto. O utilizo el sobremesa. Madre mía la dependencia que tenemos (tengo) de las nuevas tecnologías. Para que luego nos quejemos de cuánto la usan los más pequeños. Aprenden lo que ven, está claro.

Así que, sin perder el control, he seguido buscando y rebuscando hasta que POR FINNNN ha aparecido. Debajo de la mesa del salón. Ahí podía estar. Tan calladito.

No os voy a engañar, cuando lo he visto he suspirado y me he sentido muy aliviada. ¿De dónde iba a sacar yo tiempo para comprar otro cargador?

 

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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