0

Cuaderno de bitácora. Quedan 32 días. Del revés o lo malas que son las prisas.

IMG_20160520_184646

El viernes pasado estaba yo para haberme metido directamente en la cama tras recoger a los grumetes del cole. Qué digo, estaba para no haberme levantado de la cama. Qué agotamiento. Si a eso sumamos las prisas, pasa lo que pasa. Que un día me voy a dejar la cabeza en casa y no me doy ni cuenta.

El caso es que el viernes pasado subimos a casa tras estar un buen rato en el parque para preparar las cosas e irnos con Nicolás a música. Que si poneos las zapatillas, que si apagad la tele, que si cojo agua, que si cojo la tablet para que se entretenga Simón, que si tenemos que ir al Mercadona a por vasos de plástico para el cumpleaños. Demasiada información y estrés para mi cerebro.

Para no perder la costumbre, salimos corriendo de casa, porque veía que no llegábamos a tiempo.

Una vez en la escuela de música, Nicolás entró a clase y yo me tomé un respiro sentándome directamente en el suelo, mientras Simón jugaba diez minutos a la tablet. Repuesta del estrés, le pedí a Simón que me diera la tablet para acercarnos a comprar las cuatro cosas que nos faltaban para su cumpleaños.

Y cuando estábamos a punto de salir a la calle, le miro a los pies y me doy cuenta de que se ha puesto las zapatillas al revés. ES decir, tardé casi tres cuartos de hora en darme cuenta porque él iba tan pancho y yo estaba bastante agotada como para haberme fijado.

Sí, muy gracioso todo. Nos echamos unas risas e inmediatamente empezó la batalla campal porque no se las quería poner bien. Un buen espectáculo montamos.

Podía haber sido peor, ¿no? Podría haberme dejado al grumete en casa…

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *