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Cuaderno de bitácora. Quedan 37 días. Cambio de armario. Prepárense para el frío

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Ya tengo la casa patas arriba. Llena de cajas con la ropa de verano esperando a que aquí una servidora quiera ponerse con el cambio de armario. Adiós invierno. Bye bye. Ciao ciao. Ya he subido las cajas del trastero, que no es poco, pero vete tú a saber cuándo pongo orden al desastre que tengo montado en la habitación.

Además, puedo apostar lo que sea a que apenas haga el cambio de ropa, el tiempo dará un giro de 180 grados y nos plantaremos de nuevo en el frío polar. Porque siempre me pasa. Año tras año me espero y espero y cuando creo que la primavera ha llegado para quedarse, subo la ropa de verano e inmediatamente cambia el tiempo.

Pero si ya casi estamos en junio, me digo siempre. Y siempre me adelanto.

Pero es que en Madrid pasamos del invierno a la primavera más calurosa en un abrir y cerrar de ojos. De un día para otro te sobran los abrigos, los zapatos, los vaqueros… Y preferimos morirnos una semana de frío que sufrir de calor.

La ropa la tengo ya a mano. Sobre todo los pantalones de los niños y unos zapatos para mí de privamera. Cuando lo coloque todo es otra historia. No me extrañaría en absoluto que el capitán se encuentre con todo el marrón. Porque para esto no encuentro tiempo en mi apretada agenda. Ni ganas…

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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