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Cuaderno de bitácora. Quedan 39 días. Un puente casi perfecto… faltaba lo más importante, el capitán

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Han sido tres días casi perfectos. Y digo casi, porque nos ha faltado lo más importante, la presencia del capitán.

A pesar de que el viernes me dormía por las esquinas y estaba totalmente agotada, el sábado me levanté totalmente recuperada. Y no es para menos tras casi diez horas de reparador sueño. Qué gustazo que los grumetes hayan salido casi igual de dormilones que yo.

El sábado por la mañana tocó sacar bicicletas e ir a dar de comer a los patos del estanque, aunque no nos hicieron ni caso. Están tan acostumbrados a que la gente les dé de comer que o les llevas delicatessen o ni se acercan a olisquear unos simples gusanitos. Por la tarde, prontito, poco después de comer tocó ir a ver la deseada peli de los Angry Birds y a la vuelta, nos dio incluso tiempo a montar un rato en los columpios. Obviamente, los grumetes cayeron totalmente rendidos. En especial Simón, que, durante el fin de semana ha vuelto a recaer con unas décimas de fiebre.

Así que el domingo por la mañana tocaba plan tranquilo. Jugar en casa con alguno de los cientos de juguetes que tenemos. Que si pinball, coches, superhéroes… Incluso nos dio tiempo a pintarnos las caras. Con Simón algo mejor, decidimos quepara pasar la tarde podríamos irnos al zoo. Y así hicimos. En un plis plas preparé las meriendas y allí nos plantamos. Que si leones marinos, gorilas, serpientes, arañas…

Reventados y, de nuevo, con algo de fiebre, salimos del zoo y, como los grumetes son inagotables, un poquito de cachondeo en el parque que hay al lado del zoo. Hasta me atreví a tirarme del súpertobogán. No podía manifestar temor, mucho menos ante los grumetes. Así que nos lanzamos Simón y yo. El pobre salío del túnel un poco descompuesto, lo que le faltaba. Y yo, he de decir, que también me acojoné un poquillo.

El pobre, no llegó ni a la cena. Cayó rendido en el sofá. Y su hermano no tardó mucho más en caer.

Ya el domingo, 15 de mayo, San Isidro, y dado que somos de todo menos castizos -qué le vamos a hacer-, nos hemos vuelto a plantar en la Casa de Campo junto a los abuelos para que Nicolás disfrutara de nuevo del súpertobogán y mamá pudiera ir a estirar un rato las piernas -afortunadamente sin perderse-.

Me siento muy afortunada por poder vivir todos estos momentos junto a los grumetes. Aunque la felicidad ha sido incompleta porque faltaba lo más importante, el capitán. Te esperamos en 39 días con los brazos abiertos.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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