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Cuaderno de bitácora. Quedan 40 días. Se hacen mayores y por fin juegan juntos

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Ha costado y eso que se llevan menos de dos años. Pero hasta hace poco, los grumetes iban cada uno a su bola. Han tardado a empezar a jugar juntos, a entretenerse…

Recuerdo cuando nació Simón. Cuando llegamos por primera vez a casa, Nicolás lo miró como pensando, ¿y esto de aquí que no hace nada es mi hermano? Pues vaya mierda.

Pasaba totalmente de él. Supongo que para un niño de 21 meses, tener un hermano que no hace nada, no le sirve de mucho como juguete. Así que lo estuvo ignorando durante bastantes meses. Hasta que Simón comenzó a andar y a arrearle. Ahí descubrió para qué servía un hermano. Para que le quitara sus juguetes y le persiguiera por el pasillo para pegarle. Menudo plan.

Al menos, Nicolás aprendió a defenderse. A dejar de huir y a intentar enfrentarse a los golpes de su hermano. No hay mal que por bien no venga.

Pero hasta que Simón no ha empezado el colegio, apenas jugaban juntos. Era como si hubiera una barrera invisible entre ambos. Yo soy el mayor que va al cole, y tú el pequeño que va a la guardería. Y los mayores no juegan con los bebés.

Ahora, sin embargo, juegan mucho más a menudo. Sobre todo cuando están a solas, aunque casi siempre terminan a tortas. ¿Pero qué hermanos no se zurran?

Se entretienen, se ríen juntos y, por supuesto se pelean. Pero el gran día, el momento tan esperado en el que, por fin, se entretienen juntos mientras su madre está ocupada, ha llegado. Y soy muy feliz de verles así. Y ver cómo cada día se entienden un poquito mejor y disfrutan jugando y riendo juntos.

Además, hacen piña y es genial ver cómo ante los castigos y amenazas de #mamágruñona se defienden mutuamente.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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