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Cuaderno de bitácora. Quedan 42 días. Algún día me quedo dormida de pie

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¿Habéis sentido alguna vez cómo los párpados caen lentamente hasta casi cerrar los ojos cuando vais leyendo un libro en el metro o el el autobús?, ¿o cuando os recostáis en el sofá un sábado por la tarde después de comer?, ¿o cuando estás escuchando una conferencia súper aburrida? Es una sensación placentera si puedes dejarte llevar y rendirte a Morfeo. Pero realmente desagradable si no puedes permitirte el lujo de quedarte dormido.

Pues ayer me sentí así. Estábamos el grumete Simón y yo esperando a que Nicolás saliera de música y me empezó a entrar un sueño insoportable. Solo podía pensar en meterme en la cama, lo cual no iba a suceder, al menos, durante las cuatro horas siguientes para mi desesperación.

Estaba en el parque con él. Viendo cómo se columpiaba. Y al ritmo de su zarandeo, mis pupilas se iban cerrando lentamente. Al menos me quedé de pie porque pensé que si me quedaba dormida me caería al suelo y me despertaría. Hubiera sido todo un espectáculo, la verdad.

La semana fue cansada pero, especialmente, los dos últimos días. Dos súpermadrugones para salir a correr y buenas palizas a correr, por qué no decirlo también. Así que al sueño se le unía también el cansancio físico. Aunque he de decir que no estaba rota. Vamos, que no me dolían hasta las pestañas. Al contrario, estaba totalmente relajada. Lo único que necesitaba para dar rienda suelta a mi sopor, era una cama calentita.

Al menos hoy me he levantado bastante más recuperada.

Es lo que tiene dormir diez horas seguidas. Como nueva, oiga.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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