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Cuaderno de bitácora. Quedan 41 días. Tarde de cine y empacho de palomitas

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Después de tres fines de semana seguidos yendo a Segovia, esta vez ha tocado quedarse en los madriles y, como no podía ser de otra manera, resultaba imprescindible buscar un plan para entretener a los grumetes. En esta ocasión no ha tocado teatro, ni música, ni museos, ni zoo ni parque de atracciones. Hemos ido al cine. A ver una película que llevábamos meses esperando.

De hecho, cuando vimos por primera vez el trailer, el capitán aún no estaba por tierras inglesas. Taaaaachaaaaaaán… Hemos ido a ver los Angry Birds, la película.

Nuestra primera aventura cinéfila sin el capitán. Los tres solitos. Y todo ha salido según lo previsto, sin contratiempos.

Eso sí, he tomado ciertas precauciones.

1.- Ir pronto. Sí, a esas horas en las que la gente normal se echa la siesta o está atrapada por el sofá. Acaban de estrenar la película y no me apetecía ni lo más mínimo tirarme una hora de colas. Así que hemos ido a la sesión de las 5, porque a la de las 4:30 llegábamos demasiado justos.

2.- Salir con tiempo de casa. Al no estar el capitán, no utilizamos el coche. Y no, no es ninguna tragedia. El único inconveniente es que tardas un poco más en llegar a los sitios, con lo que hay que salir un poco antes de casa. Así de sencillo. Sin problema. A las 4 estábamos saliendo por la puerta de casa.

3.- Al llegar con tiempo, hemos entrado tranquilamente. Hemos ido al baño tranquilamente. Hemos pedido las palomitas, tranquilamente. Hemos buscado nuestros asientos, tranquilamente. Nos hemos sentado y preparado, tranquilamente.

Con los dos grumetes, yo sola, y en una sala del tamaño XXXXXXXXXXXXXXXXXL, cruzaba los dedos para que a ninguno de los peques les entrara ganas de ir a mear. Y afortunadamente, han aguantado como campeones.

El único pero han sido las palomitas. Me he pasado pidiendo -nos hemos puesto como el kiko- y estaban un pelín rancias. Y, la verdad, no me apetecía volver al mostrador y decírselo a la chica que me las ha servido.

Al teriminar la película, vuelta a la parada del autobús y para casa. Hemos llegado todos tan reventados que ha pasado lo inevitable.

Nicolás ha caído rendido en el sofá y Simón me ha pedido que le lleve a la cama. Ni dos minutos ha tardado en dormirse.

Ahora es mi turno. Y no sé qué hacer, si terminar de recoger la casa para tener los deberes hechos, o irme también a la cama a ver ‘Cómo defender a un asesino’.

Hoy sí que puedo dejarme atrapar por los brazos de Morfeo sin ningún problema…

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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