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Cuaderno de bitácora. Quedan 43 días. Y mamá tuvo un poco de vida social y #runconlimon

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No me voy a quejar porque desde que se fue el capitán y gracias a la impagable e inestimable ayuda de los contramaestres, mi día a día sin él y con los grumetes no es una locura. Sigo teniendo una vía de escape fundamental: poder calzarme las zapatillas y salir a correr. Obviamente no corro todos los días, pero sí los suficientes como para liberar tensiones.

Antes de que se marchara Tony pensaba que apenas podría salir uno o dos días a la semana, y estoy consiguiendo mantener mis cuatro días semanales. Ole, ole y ole. Aunque no sin bastante esfuerzo y algún que otro madrugón.

Correr es mi único capricho. El resto del tiempo lo dedico al trabajo, los niños y la casa. Y mi escasa vida social se ha limitado, desde enero, a los amigos del parque o los del cole, pero siempre con los enanos de por medio. Con lo que siempre estás en tensión.

Así que, abusando un poco más de mis suegros, hoy he podido escaparme a una cena que me apetecía como un Larios-cola un sábado por la noche. Lo sé, tengo más cara que espalda. Y muy pocos remordimientos. También. Supongo que me he tomado demasiado al pie de la letra lo de tener mi espacio y que los grumetes no sean el centro de mi universo. Pero no os preocupéis que ya mañana me centro. Tengo todo el fin de semana por delante para dedicarme a ellos en cuerpo y alma.

De hecho, he desconectado hasta tal punto que ni he sacado el móvil del bolso. Como lo oís. Ni una foto, ni un selfie. Ná de ná.

Lo importante hoy era poder aprovechar al máximo el tiempo. Hablar, reír, escuchar…

Que con quién era la cena, os estaréis preguntando (Elena, déjate de intrigas) . Pues con quién iba a ser. Con ‘ranners’ y corredores. No, no son lo mismo, pero ahora no os voy a explicar las diferencias. Eso mejor se lo preguntáis a Roberto Leal que se expresa mu bien.

Pero sigo, que me estoy yendo por las ramas, son las mil y mañana tocará supermadrugón para quemar la cena de hoy.

Se trataba de una cena con motivo de la presentación en sociedad de un libro con el que sé que me lo voy a pasar ‘teta’. Run con Limón, de Luis Arribas, un tipo al que deberíais conocer y leer. De esas personas con las que resulta muy fácil conectar. Personas a las que tienes la sensación de conocer de toda la vida.

Un evento que ha sido también la ocasión perfecta para reencontrarme con amigos a los que hacía muchísimo tiempo que no veía y a los que aprecio con el corazón. De esas personas que te hacen reír y te dan muy buen rollo.

Así que vuelvo feliz a casa. Con una sonrisa de oreja a oreja y con las pilas cargadas para el camino que aún me queda por recorrer. ah, y correr, que mañana, si no llueve, toca.

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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