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Cuaderno de bitácora. Quedan 44 días. “Isabela no es mi novia. Mi novio es Andrés”

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Efectivamente. Entramos en la fase de novios, novias y emparejamientos varios. Una fase de la infancia alimentada, por otra parte -y no me incluyo- por los propios padres. Nunca les pregunto si les gusta alguien de clase, si se han echado novia o si se dan besos o se agarran de la mano. Si quieren hacerlo, pues que lo hagan que a estas edades todo es muy puro y casto.

A ver si a los padr@s que ahora les hace tanta gracia lo de que sus hij@s tengan novi@s les hae tanta gracia dentro de 10 años…

En fin. Que si ellos me lo cuentan pues les escucho y si no, pues la verdad es que el tema no me interesa ni lo más mínimo.

Nicolás ya ha dejado claro que no quiere novias. Que quiere ser padre, pero la madre no le importa un carajo, lo único que quiere es mandar. Y a Simón, tampoco parece que le vayan mucho las novios. Él es más bien de novios. “Mi novia no es Isabela. Mi novio es Andrés”, ha espetado cuando su hermano le ha preguntado si Isabela era su novia.

Ha quedado claro, ¿no? Pues eso.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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