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Cuaderno de bitácora. Quedan 45 días. Mi momento de tranquilidad… en el dentista

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Quién me lo iba a decir a mí. Desde que se marchó el capitán algunos de los pocos momentos de relax que he tenido ha sido en la consulta del dentista. Sí, como lo oís.

Durante una hora estás tan ricamente recostadito sobre una silla bastante cómoda, en silencio, sin el móvil, con música de fondo… Vale, el dentista está ahí con la aguja de la anestesia primero y con el taladro después, y tienes que mantener la boca muy muy abierta durante minutos y minutos. Pero tan agustito. Sin gritos de los niños, sin nada que barrer ni fregar, sin tablet en la que trabajar, sin wasaps que consultar. Vamos, en la gloria.

Si me llego a concentrar, creo que habría sido capaz de quedarme dormida y todo.

Una pena que hasta final de año no tenga que volver por allí. Igual entonces no me apetece tanto. Pero desde enero, estas escapaditas al dentista tampoco han estado tan mal.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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