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Cuaderno de bitácora. Quedan 47 días. Nuestro primer ataque de asma

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Ayer fue un día completito.

Me levanté prontito porque había carrera. Y me levanté bastante cansada la verdad. Me tocó dormir casi toda la noche con Simón. El pobre no dejaba de toser y apenas durmió. Y yo con él. Ventolín p’arriba, ventolín p’abajo.

Cuando me marché a la carrera no se le vía tan mal. Incluso desayunó un poco. Pero nada más terminar la carrera mi padre me dijo, “tus suegros se han llevado a Simón por urgencias. Le costaba muchísimo respirar”.

Así que corriendo a Segovia. Cuando llegué iban a ponerle cortisona en un humidifacor. Allí estuvimos pero parecía que el tratamiento no surtía demasiado efecto.

En casa de mis suegros se quedó dormido pero con la respiración muy forzada. La mosca detrás de la oreja porque he de decir que el grumete se queja muy poco.

Así que, de vuelta a Madrid, al hospital. Y menos mal que fuimos. El niño seguía aún muy agigolado. Nos atendieron en seguida y de inmediato le pusieron el tratamiento. Pero no acababa de remontar el vuelo. No obstante, cuatro horas después estábamos de regreso a casa.

Cuando me metí en la cama con él aún le costaba mucho respirar, pero esta mañana su respiración parecía mucho más natural.

Parece que el tratamiento empieza a surtir efecto.

Un susto, para qué negarlo. Y el pobre, lo bien que se portó.

No dijo ni mú.

Los niños no dejan de sorprenderme.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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