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Cuaderno de bitácora. Quedan 48 días. Sólo de sobras vive una madre

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Tristre vida alimenticia la de la madre. ¿Que por qué?

Muy sencillo. Somos capaces de meternos en la boca un chupa chups que se ha caído al suelo para limpiarle toda la mierda, o comernos el pepinillo y la mostaza de la hamburguesa. O todo el pimiento verde y rojo, así como los mejillones de la paella. Y, por supuesto, y no menos importante, somos capaces de sobrevivir a base de sobras.

Nos sentamos a la mesa con los grumetes a la hora de la cena y cenamos a base de lo que a ellos les sobra. Un poco de sopa, un trozo de pescado, un yogurt mal rebañado… Picamos un poco de este plato, un poco del otro y cuando nos damos cuenta tenemos el estómago lo suficientemente lleno como para saltarnos nuestra cena.

Porque cuando por fin se han dormido, lo único que queremos es un buen copazo o meternos también en la cama. ¿Que no?

También sobrevivimos a base de sobras cuando salimos fuera a comer, a merendar o a cenar. Hoy, por ejemplo, me he pedido un helado en el McDonald y he terminado comiéndome media hamburguesa=suela de zapato, con un poco de ketchup y unas patatas.

Aquí no sobra nada. Sí, hay mucha gente que pasa hambre y es un sacrilegio tirar tanta comida a la basura. Además, cuesta mucho ganarse el sueldo como para andar tirando comida.

Así que, aunque pueda parecer un poco cutre, mientras mi estómago me lo permita, no se tira nada a la basura. Sea lo que sea.

Eso sí, la coca cola no he podido ni catarla.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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