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Cuaderno de bitácora. Quedan 51 días. Chilla, chilla que no te escucho

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Estamos en la fase de las rabietas de los cuatro años. Ya hemos pasado las rabietas del año, de los dos años y de los tres. Y supongo que por delante me quedan las de los cinco, las de los seis, los siete, los ocho…

Es lo que hay, así que ajo y agua. A llevarlo lo mejor posible.

Hoy el pollo me lo ha montado el grumete Simón en el parque. La semana pasada fue en la consulta del médico y a puntito estuve de irme antes de ver a la pediatra. Me estaba poniendo enferma. Todo el mundo mirando, y el nene, gritando. “¿Eras tú el que lloraba?” Nos dijo la pediatra nada más entrar.

Hoy estábamos en el parque. Con algunos padres y amigos de Nicolás. Pero ahí se ha quedado, tirado en la hierba gritando, histérico, tirando sus jugetes, pataleando, arrancando la hierba, pegándome. Y yo, como si nada.

Poco podía hacer. Ponerme tan histérica como él -y no era plan- o llevármelo a casa. Y no era justo que Nicolás se tuviera que fastidiar por culpa de su hermano. Así que a aguantar el chaparrón.

Y todo porque no quería acercarse a por la merienda. Quería que se la acercara yo. Y no te lo pide por favor. Sino en plan dictador. Y lo siento, pero por ahí no paso.

Diez minutos después he conseguido mi objetivo. Vamos. Salirme con la mía. Que viniera y cogiera la merienda.

Mañana será otro día. Y es posible que no tenga tanta paciencia y le grite y me ponga aún más histérica que él. Pero creo que hoy, el positivo me lo anoto yo.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

One Comment

  1. Completamente de acuerdo. Madreee miaaaaa….como me acuerdo yo de estas pataletas. Que paciencia, la virgen. Desde luego un gran punto positivo pa ti , guapa !!!! Enhorabuena !!!

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