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Cuaderno de bitácora. Quedan 52 días. Mamá, quiero ser Cristiano Ronaldo o Sergio Romanos

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No me puedo reír más con Nicolás y sus ocurrencias. En casa de los Perlado Sanz ni se ve ni se juega al fútbol, no por nada. Bueno sí, básicamente porque nos aburre y, al menos en mi caso, porque no me gusta nada los valores que transmite. Prefiero ver deportes más sanos desde el punto de vista de los valores que transmiten.

Pero, inevitablemente el fútbol is in the air, vamos, en todas partes y, obviamente Nicolás vive el fútbol a través de sus amigos del cole. el pobre apenas sabe dar una patada al balón, pero tiene claro que de mayor quiere ser Cristiano Ronaldo porque es lo que quieren ser de mayores Jaime y Daniel, dos de sus amigos del cole.

“Mamá, ¿puede haber tres Cristianos Ronaldos?”, “es el mejor jugador del mundo”. “También quiero ser Sergio Romanos”.

“Nicolás, querrás decir Sergio Ramos”.

“No mamá, Sergio Romanos”.

En fin. El caso es que hoy ha subido a casa con ganas de ver un partido de fútbol. El primero que ve en toda su vida, y el primero que veo yo en una década. El tío estaba emocionadísimo. Venga a comentarlo todo. Que si mira éste cómo se ha caído. Que si mira a ese otro que ha dado al balón con dos dedos.

Le he tenido que explicar a grandes rasgos en qué consistía lo que estaba viendo. Cómo funcionaba el marcador, por qué el portero vestía de otro color, y un largo etcétera. También me ha dicho que quiere que el capitán le enseñe a jugar al fútbol.

Yo le he dicho que yo también le puedo enseñar.

“Vale mamá. Cuando vuelva papá me enseñáis los dos”.

Veo que no se fía mucho de mí… Con lo bien que pegaba yo a la pelota en mis tiempos mozos

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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