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Cuaderno de bitácora. Quedan 55 días. Aprendiendo a perder. Bueno, a no ganar

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Hoy ha sido un día durillo. Lo hemos pasado pipa en la Carrea de Marugán. Han corrido los grumentes -en sus respectivas categorías- y he corrido yo.

Al llegar a meta, a los peques les han dado su medalla y su bolsa con su avituallamiento. Pero además, a Simón, por llegar el primero le han dado una copa y una bolsa de chuches. Y la cara de Nicolás era un poema. “Yo no he ganado”. Se me ha roto el corazón al verle. Obviamente intentas enseñarles que lo importante es divertirse y no ganar, pero su cara de decepción y tristeza lo decía todo. ¿A quién no le gusta ganar? Sobre todo si tu hermano se lleva una copa y tu no.

Supongo que éste será la menor de las muchas decepciones que se llevará a lo largo de su vida. Y las habrá muchísimo peores. Pero se me ha roto el corazón al ver en su cara esa expresión.

Tienen que aprender a perder, está claro. Pero es demasiado doloroso verlo.

Y claro, enfrentarme a este tipo de situaciones sin el capitán tampoco ha sido fácil. Me sentía bastante impotente a la hora de animarle. No sabía muy bien cómo hacerlo. Qué decirle para que se sintiera mejor.

Al final, Nicolás le ha pedido a su padre que le entrene. Que le lleve a las pistas y le enseñe a correr.

Supongo que es la moraleja del día de hoy. Nunca tires la toalla. Y si te caes. Te vuelves a levantar.

Foto: Pixabay

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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