0

Cuaderno de bitácora. Quedan 56 días. Mamá, ¿qué es un meteorito?, ¿puede caer uno tan grande que nos mate a todos?

meteorite-1060886_1920

Empezamos con las preguntas de nota en la casa de los Perlado Sanz. La fase del ‘¿y por qué?’, también tenía lo suyo.

Vamos a la calle. ¿Y por qué?. Vamos a comer. ¿Y por qué?. ¿Quieres jugar en tu habitación? ¿Y por qué? ¿Cuántos años tienes? ¿Y por qué?

Sí. Así es esta fase. Lo preguntan absolutamente todo. Pero ahora hemos entrado en la fase de las preguntas complicadas. Esas que te pillan por sorpresa y no sabes qué contestar.

“Mamá, ¿qué es un meteorito?”. Y mamá en blanco. “Esto… creo que es una estrella que se apagó o un trozo de planeta. Lo siento, no lo recuerdo. Cuando te duermas lo busco en Google y mañana te lo digo”. Dios, qué mal.

“Mamá, ¿podría caer un meteorito tan grande que nos mate a todos?”. “Que yo sepa no. Pero esta noche veo las noticias y mañana te cuento. Pero no te preocupes que si han visto que viene uno de camino, seguro que lanzan un misil para destruirlo o desviarlo. O, no te preocupes, cuando atraviesan la atmósfera, esa capa que cubre la tierra -cómo si se fuera a enterar de algo- se llenan de fuego y se destruyen”.

¿Qué se supone que debería decirle? Pues eso. Seguro que el capitán habría salido bastante más airoso que yo. Pero chicos, es lo que hay.  Y so soy ‘asín’.

No me quiero ni imaginar cuando lleguen preguntas aún más complicadas. Y sabéis a qué me refiero…

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *