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Cuaderno de bitácora. Quedan 57 días. Aprendiendo a leer

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Se hacen mayores. Los grumetes crecen demasiado rápido. Hace dos días no sabían ni andar y ahora Nicolás está a punto de dejar atrás infantil y Simón empieza a dar sus primeros pasos para aprender a leer.

Ya se sabe perfectamente todas las vocales. Algunas, incluso, ya sabe escribirlas. Las identifica en todas partes. En los carteles de la piscina, en el bote del ketchup o en el cartón de leche. “Mira mamá, el rey ‘u’ y la reina ‘a'”. Y tan contento que se pone.

Así que, tal y como hice con Nicolás, ha llegado el momento de presentarle a Pepa y Misi. Una colección de 18 cuentos muy sencillos con los que yo también aprendí a leer hace ya 34 años. De hecho, son exactamente los que mi madre utilizó para que mi hermano y yo comenzásemos a leer. Durante todo este tiempo los ha cuidado y mimado, y han llegado en bastante buenas condiciones a sus nietos.

Nicolás dio sus primeros pasos en la lectura con ellos y espero que Simón siga el mismo camino.

Hoy no quería leer el primero -ya lo leímos otro día-. Solo quería Mortadelo y Filemón. Sin embargo, cuando me ha visto con él, me lo ha quitado de las manos y él solito ha comenzado a pasar las páginas y a contarme las letras que conocía. Es una máquina este niño.

Tampoco es mi intención ir por delante del colegio, ni enseñarle más de la cuenta, porque solo conseguiría confundirle. Solamente pretendo reforzar lo que aprende en clase.

Por si os interesa, la colección se llama ‘Poquito a poco’.

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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