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Cuaderno de bitácora. Quedan 58 días. Agenda, para qué te quiero

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Cuando se marchó el capitán por primera vez, me puse como una loca a apuntar en el calendario de Google y con mil colores todos los asuntos pendientes. Dentista, entrevistas, ruedas de prensa, cosas de los niños, cumpleaños… Todo lo que pillaba acababa en Google Calendar con un bonito color. Y yo, súper feliz, y súper orgullosa de mí misma.

Creo que aquella fase de súper orden me duró una semana. Total, lo apuntaba pero no lo miraba. Así que volví al método tradicional: fiarme de mi estupenda memoria. “Creo que se me olvida algo, creo que se me olvida algo. No caigo”. Y claro, luego pasa lo que pasa.

De momento he tenido suerte porque no se me ha pasado ninguna cita importante, que yo sepa. Pero hoy, por ejemplo, ni me acordaba de que los niños tenían excursión y que tenían que ir los dos con chándal al cole. Nicolás lo ha llevado porque le tocaba, pero Simón no. No ha pasado nada. La profe no me ha regañado. Bueno, no ha regañado a los contramaestres cuando le han ido a buscar al cole.

Pero el grumete, que es muy listo. Se lo ha recordado a mi suegra. “Hoy no me has puesto el chándal”. 0 a 1. Gol por toda la escuadra para mamá.

Tengo un estupendo calendario en el frigorífico pero también hace tiempo que no lo uso. No por nada, sino porque Nicolás se enfadó un día y arrancó la hoja del mes de abril. Está toda arrugada y, sinceramente, pasa totalmente desapercibida. Cojo la leche no la veo. Cojo un yogur, no la veo…

No siempre se puede estar en alerta. Y esta semana he bajado un poco la guardia. Aún no he ido a la compra, no he llegado al médico con Simón. He llegado tarde, o directamente no he llegado a la piscina con los niños… y un largo etcétera de cosas por hacer para las que se necesita estar al 100% y yo creo que esta semana estoy al 90%.

Así que me he propuesto, de nuevo, ponerme un poco las pilas para evitar que se me olviden este tipo de cosas. Necesito dejar a un lado la tablet y el móvil y centrarme sólo en pensar y reflexionar sobre lo que se puede mejorar. De lo contrario,  llegará el día que se me olvide algo importante y entonces la liaré.

Así que corto y cambio. Que por hoy, ya he trabajado de sobra.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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