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Cuaderno de bitácora. Quedan 59 días. Mamá, ¿puedo subir un caracol a casa? Pues claro… que no

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Ni bichos, ni perros, ni gatos -lo de los gatos ya no me importaría tanto-, ni ningún tipo de especie animal. En casa de los Perlado Sanz, como mucho, entran peces. Que no molestan ni manchan. Pero nada más.

No quiero caracoles, ni bichos bola, ni grillos. En casa no entra ningún tipo de fauna, y mucho menos si es tan asquerosa. Lo del perro, como me ha pedido ya Nicolás, debe ser una petición que le haga a sus abuelos, pero para que se lo queden ellos en su casa. Nosotros solo de visita.

Lo que me faltaba. Tener que levantarme más pronto todavía para sacar al perro a pasear. Me niego. Por eso, claro está, y porque me dan alergia, como los gatos. Y no es plan de estar todo el día con los ojos hinchados y con asma.

Vale, los caracoles no son tan molestos. De hecho, los metes en una caja con lechuga y como si no exitieran. Pero me dan demasiado asco. Ellos en sí mismos, sus babas y sus excrementos. No, Nicolás. Mejor los dejamos en el parque con sus amigos y mañana bajamos a verlos. O, si no, cuando tengas tu propia casa

Qué manía tenemos casi todos los niños con llevarnos todo tipo de fauna a casa. Yo recuerdo haber ido de pequeña con mis padres a coger níscalos y volvernos con un gazapo. Vamos, con un conejo pequeño.

Me puedo imaginar a mi padre al día siguiente pegándose el madrugón para devolvero a la vida salvaje.

Como también me imagino a mi madre tirando a la calle a los grillos que me subía a casa y tanto asco me daban. Como no me avisaba yo pensaba que se habían escapado y tenía unas pesadillas horrorosas con ellos.

Así que mejor no. Al menos, mientras pueda evitarlo. Que empiezas con un caracol, como yo, y terminas con un gato o un perro en casa. Y si llega el momento, yo elijo. Primera opción, gato sin pelo. Segunda opción, un perro que sepa correr. Porque si me toca sacarlo a mear, va a tener que seguirme el ritmo.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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