0

Cuaderno de bitácora. Quedan 60 días. Las consecuencias de heredar calzado

descarga

Pues sí. Creo que he sufrido en mis propias carnes, bueno, más bien el propio Simón, las perniciosas consecuencias de heredar los zapatos de un hermano.

Cuando era más pequeño, el grumete Simón heredaba el calzado de Nicolás. Sí, mal hecho, pero tampoco estaba tan usado ya que con el calzado no me importa rascarme bien el bolsillo, vamos, que compro calzado de buena calidad que dura. Vamos, que no ha heredado calzado roto ni excesivamente desgastado.

Desde hace tiempo, Nicolás destroza sus zapatillas y van directamente a la basura. Sólo algunos zapatos o las botas de invierno le llegan a su hermano puesto que apenas se las pongo los fines de se semana. Y pensé, sinceramente, que no había nada malo en ello. Hasta ahora.

La semana pasada, las zapatillas de Simón llegaron totalmente destrozadas y, a la espera de recibir el par nuevo que había comprado a través de internet, le puse las de Nicolás y a éste aproveché para ponerle las nuevas.

Apenas ha estado con ellas tres días, pero el tiempo suficiente para que le hayan hecho daño. O eso creo, porque el domingo por la tarde al bajar del coche tras llegar a Madrid y hoy por la mañana, Simón se quejaba y lloraba a la hora de andar. El dolor estaba focalizado detrás de la rodilla y he de decir que me asusté. Así, de repente, un dolor que aparecía de la noche a la mañana y sin motivo aparente.

Demasiada casualidad cambirle el calzado y que aparezca este misterioso dolor. Así que he cortado por lo sano y le he puesto sus botas a la espera de las zapas nuevas.

La verdad es que los hermanos pequeños lo tienen bastante jodido, la verdad. Lo heredan todo y, aunque procuro que también tenga sus propias cosas -ropa y calzado incluido-, son los eternos herederos.

No obstante, tras esta dolorosa experiencia, creo que lo de heredar el calzado se va a acabar. No solo porque el zapato pueda estar más o menos desgastado, sino porque su anterior propietrio lo deforma a su manera de andar y de ahí creo que vienen gran parte de los problemas.

Simón ha ido al cole. A la piscina y al parque. Aparentemente el dolor ha desaparecido. Espero que todo haya quedado solo en un susto. Y entono el mea culpa.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *