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Cuaderno de bitácora. Quedan 62 días. ¿Cantidad o calidad a la hora de entrenar?

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Cuando se marchó el capitán me preocupaba bastante no poder salir a correr ni a entrenar. Después de diez años corriendo, parando solamente durante los embarazos y postpartos, la verdad es no quería parar. Apenas contaba con salir un par de días y ha habido semanas en las que he salido a correr -que no a entrenar, porque solo he rodado-, hasta cinco días.

Y he tenido muchísima suerte porque, aparte de algún madrugón que otro y a la ayuda de los contramaestres, he tenido la enorme fortuna de que en el trabajo nos hayan puesto una ducha. Un LUJAZO y un PRIVILEGIO, con mayúsculas.

Así que en los tres primeros meses sin el capitán he corrido mucho. Casi más que cuando estaba en casa. Empezaba los domingos. Cuando llegaban mis padres aprovechaba para hacer las tiradas largas. Y continuaba corriendo lunes, martes, miércoles y jueves. No entrenaba. Sólo corría. Entre 8 y 10 kilómetros -excepto el día de tirada larga-. Acumulaba kilómetros y también bastante cansancio porque no descansaba entre medias. Así he conseguido mantenerme, pero sin mejorar.

Por eso, en esta recta final sin el capitán, he decidido cambiar de estrategia. Tras consultarlo con él, llegamos a la conclusión de que, de cara al circuito de carreras pedestres, lo mejor sería primar la calidad de los entrenamientos frente a la cantidad. Lo mismo que hice cuando preparé mi primera maratón.

Había que meter una vez a la semana -al menos-, series o fartleks y, al menos cada quince días -lo mejor es cada semana-, trabajo de fuerza. También un rodaje largo y otro entrenamiento de carrera continua. Y, lo más importante, descansos entre los entrenamientos.

Así que, básicamente, toca entrenar domingo, martes y jueves. Y si se puede sacar otro día entre medias, mejor que mejor. Pero si no, pues tres días. Pero tres días en condiciones y descansando lo suficiente para que el cuerpo se recupere y asimile el entrenamiento.

Además, también psicológicamente esta estrategia me viene mucho mejor, porque no estoy tan pendiente de los días que salgo a correr y no siempre tengo que sacrificar la hora de la comida para salir.

Y he de decir que, de momento, parece que da resultado. Entreno duro. Cumplo con el plan y en las carreras veo que los entrenamientos dan sus frutos y el cuerpo responde. Así que, al menos hasta que el capitán vuelva y llegue el verano, primaré la calidad frente a la cantidad en los entrenamientos.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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