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Cuaderno de bitácora. Queda 61 días. Sólo es domingo y ya vamos a la carrera

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Estábamos deseando el cambio de hora, el buen tiempo, tener más horas de luz, pero todo esto tiene nefastas consecuencias sobre nuestros horarios. Subimos mucho más tarde a casa, se retrasan los baños, las cenas y, por supuesto la hora de ir a la cama.

Y no puedes saltarte ninguna de las rutinas porque, obviamente, no vas a dejar a los grumetes sin bañar después de tantas horas en el cole y en el parque jugando y, por supuesto, sin cenar.

Al menos los lunes y miércoles salen duchados de la piscina, aunque eso no quita que a veces vuelva a subir a casa llenos de mierda hasta las cejas. Y, aunque he pensado en bajarles algún bocata para que suban ya cenados, la verdad es que Nicolás siempre pide cenar en casa.

Da igual si ha ido a casa de un amigo y ha cenado en su casa. Cuando vas a buscarle te pregunta, “¿qué vamos a cenar mamá?”. Así que lo de bajarle la cena al parque no cuela. Y lo de suprimir el cuento tampoco vale. Ni ellos quieren ni yo quiero, porque me parece una rutina muy importante porque es nuestro momento. Sin tele, sin móviles, sin ruidos. El cuento, los grumetes y yo.

Así que, en cuanto subimos a casa, ya vamos a la carrera- desde el domingo-. Lo que da lugar, casi siempre, a más voces y gritos que de costumbre. Además, como en la calle sigue siendo de día, les cuesta asumir que se tienen que ir a dormir. Por lo que lo primero que hago es bajar todas las persianas. Y, de repente, se hizo de noche.

Llegamos a la cama algo más tarde que de costumbre, con lo que se acuestan más tarde, duermen menos y cuesta muchísimo más levantarles por la mañana. Pero bueno, al menos llega el buen tiempo y aprovechamos el día en el parque, o sea en la calle.

Total, en dos días estamos ya otra vez de vacaciones. Un último esfuerzo.

Foto: Pixabay.

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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