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Cuaderno de bitácora. Quedan 63 días. Y los viruses aterrizaron en la casa de los Perlado Sanz

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Estaban tardando en llegar. ¿Quiénes? Los virus.

Llega uno al cole, se extiende como la pólvora y los niños van cayendo como moscas.

Salen del cole más apagados que de costumbre. Sin ganas de merendar, sin ganas de jugar, viendo a los amigos del cole lo bien que se lo pasan desde la barrera… Y claro, llegas a casa, coges el termómetro y ahí está la explicación, tiene fiebre.

Sí. Esta vez le ha tocado a Simón. El pobre, con lo activo e inquito que es, salió el jueves del cole totalmente apagado. Y claro, vas al pediatra y el diagnóstico es obvio: un virus.

Y, dentro de lo malo, no hemos tenido mala suerte ya que, de momento, solo es tos y fiebre.

El viernes se queda en casa. Parece que está algo mejor. Por la tarde, cumple del cole. Parece como nuevo. Corre, ríe, salta juega.

Pero nada más montar en el coche cae rendido y cuando llegamos a casa, está hecho polvo el pobre.

Yo, de momento, toco madera. Me estoy librando demasiado. No sé si porque mi cuerpo está fuerte o porque sabe que no puedo permitirme ponerme mala.

Toco madera para seguir así.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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