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Cuaderno de bitácora. Quedan 65 días. Sacando todo el partido posible a mi pulsera fit…

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Fue un regalo de mi hermano y mi cuñada. Una pulsera de esas que tan de moda se han puesto en el último año. Te informan de las calorías que has gastado en un día, los pasos que has dado, te avisan para que te muevas, te dan la hora… Vamos, sólo falta que te den los buenos días.

Durante casi un año la estuvo utilizando/llevando el capitán porque mi móvil no era lo suficientemente guay para poder conectarse con ella. Cambié de móvil, pero me daba pena arrebatársela a Tony y que dejara de fardar con ella ya que cuando alguien le preguntaba la hora, sacaba la mano en plan John Wayne la pistola, dos toquecitos a la pulsera, et voilà, la hora. La peña flipaba un poco -¿aún soy joven para hablar así, no?

Cuando se marchó a Bath, tuve que mandar a arreglar la pulsera. Como estaba en garantía me la devolvieron totalmente nueva y como no era plan de enviársela al capitán, me la quedé yo.

Y la verdad es que no la hago demasiado caso. Sólo cuando vibra y me dice “muévete”, aunque lleve un rato sentada en el sofá tras correr 14 kilómetros. El primer día, con la novedad, la consultaba algo más, pero no he tenido tiempo para leerle el manual así que la llevo básicamente para ver la hora y para comprobar si los grumetes están dormidos.

¿Cómo? Muy sencillo. Dos toquecitos, se enciende la luz y la enchufo delante de ellos para ver si han caído por fin en las garras de Morfeo. Me resulta especialmente útil cuando no llevo el pulsómetro, que también tiene una lucecita muy útil para estos menesteres.

Seguro que quien las inventó no pensó en esta valiosa utilidad para los padres.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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