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Cuaderno de bitácora. Quedan 68 días. Los findes son para dormir

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Y vaya si estoy durmiendo. No me puedo quejar la verdad.

Antes de que se marchara el capitán, los fines de semana tocaba madrugar bastante para salir a correr. No quedaba otra si queríamos aprovechar bien el tiempo puesto que salíamos a correr los dos. Sábados y domingos. Y si se nos pegaban las sábanas habíamos a echado a perder la mañana.

Yo suelo madrugar algo más y, generalmente salgola primera, con lo que cuando llegaba a casa, la mayoría de los días, los grumetes ya se habían despertado. Lo cual, me daba bastante rabia, he de decir. Me gusta estar en casa cuando se despiertan. Me encanta meterme un ratito con ellos en cama. Desperezarnos juntos.

Con la marcha del capitán las cosas han cambiado. Sólo salgo el domingo si vienen mis padres, y como no suelen llegar demasiado pronto, pues no hay prisa.

Así que me estoy pegando buenas panzadas a dormir -con lo que me gusta-. Me voy a domir a la misma hora que los grumetes y me levanto a la misma hora que ellos. Y no suelen hacerlo antes de las 9 de la mañana. Con suerte, sobre las 10. Así que puedo llegar a dormir perfectamente 9-10 horas ininterrumpidas de sueño. Qué gozada.

La verdad es que los grumetes serán clavados físicamente a su padre, pero han salido tan dormilones como yo. Y lo prefiero mil millones de veces. Y si tenemos una buena noche y ninguno de los dos se despierta, dormimos todos del tirón y nos levantamos más frescos que una lechuga.

Pero además, cuando se despiertan, tampoco tienen prisa. Y yo tampoco. Se vienen a la cama grande y nos quedamos un buen rato viendo los dibujos. Si uno de los grumetes sigue dormido, el que se ha despertado se pone los casos para no molestar a su hermanos mientras yo sigo haciéndome un poco la remolona a su lado.

Vamos, que nos lo tomamos con calma. Y como suelo dejar la casa recogida antes de irme a dormir, sólo tenemos que desayunar, dejar los macarrones preparados, hacer la cama, vestirnos y disfrutar del fin de semana.

Así que, a pesar de que entre semana me pego buenos madrugones y en ocasiones se voy durmiendo por las esquinas, me desquito con creces los fines de semana.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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