0

Cuaderno de bitácora. Quedan 69 días. El del ariel ultra mega plus, que se pase por Carabanc-hell por favor

20160417_200500

¿Por qué pensaba yo que hoy iba a llover? Supongo que lo vería en la página de la Aemet. Y pensé, buen momento para ponerles a los niños esos vaqueros claritos ya que, como no bajaremos al parque, pues no se mancharán tanto.

Pues nada, ha hecho un sol espléndido y hemos estado danzando todo el día de un lado a otro, incluyendo el parque. Y claro, pasa lo que pasa. Los pantalones se han manchado primero un poco con la hierba, luego otro poco con la tierra mojada y ya, a última hora de la tarde, estaban para ir directamente a la lavadora. Y cuando digo estaban, me refiero a los pantalones, las botas y también al grumete Simón.

Madre del amor hermoso. Aunque a decir verdad, hace poco leí un artículo de un psicólogo que decía que si un niño sube a casa limpio es que no ha jugado lo suficiente. Así que hoy Simón ha batido todos los récords. Supongo que la suciedad con la que suben es directamente proporcional a lo bien que se lo pasan. Así que por hoy, me doy más que satisfecha.

Eso sí, en casa así no se entra. Le he quitado botas y calcetines antes de subir a casa y con ganas me quedado de quitarle también los pantalones.

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *