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Cuaderno de bitácora. Quedan 70 días. La tablet, de mi peor enemiga a mi mejor aliada

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No voy a entrar a discutir si el hecho de que los niños jueguen a la tablet es bueno o malo. Creo que si impera el sentido común y se usa racionalmente no tenemos que verla como un aparato que va a aniquilar el cerebro de nuestros hijos.

Desde que se marchó el capitán decidí que solamente la utilizaran para jugar un rato los viernes, antes del baño, y algo los fines de semana. Y creo que lo estoy cumpliendo a rajatabla. De lo contrario, esto habría sido un caos y un descontrol.

Pero además, he conseguido también convertir la tablet en mi aliada. Lo explico. Como la usan poco, realmente disfrutan cuando pueden jugar con ella. Cuando sabes que tienes algo al alcance de tu mano todos los días, lo ves como algo normal, no lo aprecias. No sabe igual una cocacola si la tomas una vez al mes que todos los días. Pues con esto, lo mismo.

Por eso, la tablet también se ha convertido en una buena herramienta de castigo. Por ejemplo. Que no me obedeces, que te ríes de mí y me montas el pollo. No pasa nada, esta tarde no juegas a la tablet. Dicho y hecho. El único problema es conseguir mantenerte firme en esta amenaza y cumplirla. No ceder a sus lloros ni súplicas, ya que cuando se dan cuenta de que vas en serio tampoco protestan tanto, la verdad.

Y eso ha sido lo que ha pasado hoy con el grumete Simón. Se ha quedado sin la tablet cuando hemos acompañado a música a su hermano. Durante la hora de espera hemos pintado, hemos hecho taladros con formas en trozos de papel, puzzles y, como hacía bueno, hasta hemos jugado un rato en el parque. Y tan ricamente.

La amenaza de la tablet también resulta muy útil cuando quieres que se tomen ciertas órdenes muy en serio. Ahí te dejo el pijama. Si no te lo pones, mañana no juegas con la tablet. Dicho y hecho, en tiempo récord con el pijama puesto.

Creo que Nicolás nunca se ha vestido tan rápido.

Y en esas estamos.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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