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Cuaderno de bitácora. Quedan 71 días. ¿Por qué mi tortilla y mi bizcocho no saben como los de mi madre?

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Como ya os dije, he sacado a la cocinera que llevo dentro. Cocinar ya cocinaba, pero desde que se marchó el capitán tiro muchísimo de las viandas que traen tanto mi madre como mi suegra.

Sin embargo, una vez que he conseguido más o menos adaptarme a la ausencia del capitán y aprovechando la cantidad de tiempo libre que tengo -modo ironía on-, llevo unos días un poco cocinillas. Que si puré de calabacín, que si carne guisada, que si croisannes rellenos de chocolate, que si tortilla de patata, que si bizcocho…

Y los resultados no han sido tan malos oiga. Aunque no logro entender porqué no me sale la torilla de patatas tan rica como a mi madre, por ejemplo. Utilizo las mismas patatas, los mismos huevos. Corto igual las patatas, las frío igual, las mezclo igual con los huevos… pero chica que no hay manera, que no saben igual. La suya está rica y esponjosa y la mía está aceptable.

Es uno de los grandes misterior de la Humanidad. Pero no el único.

El pasado domingo me enseñó a hacer un bizcocho. Yo fui echando y mezclando los ingredientes. Lo metimos en el horno y tan rico que quedó.

Dos días después repetí el experimento. Igual me confundí en el orden de alguno de los ingredientes. Los mezclé y al horno. Y, ¿os podéis creer que tampoco sabía igual? Es como si fuera la presencia de mi madre mientras elaboro un plato lo que hace que esté más o menos rico.

Pero yo no me rindo y seguiré cocinando, cocinando y cocinando hasta que me salga igual que a ella. Qué digo igual. Mejor.

El tiempo vuela y tengo que llegar a tiempo para ser la abuela con los guisos más ricos de la casa.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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