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Cuaderno de bitácora. Quedan 74 días. Cuánta mierda entra en un bolsillo por diorrrr

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Mamá: “Nicolás, hoy he visto muchos caracoles cerca de mi trabajo”.

Nicolás: “Mamá, ¿por qué no me has traído uno?”

Mamá: “¿Y dónde querías que lo trajera?, ¿en el bolsillo?, eso sería asqueroso”

Nicolás: “En un bolsillo de babas”.

¡Cómo no se me habrá ocurrido! Total, con toda la mierda que voy acumulando en los bolsillos del abrigo no creo que hubiese sido una tragedia meterse un caracol en el bolsillo y llevarlo para Carabanchel. Amos digo yo.

Mis bolsillos están llenos, literalmente, de mierda. Papeles de caramelos, tapones de danoninos, pelotas de esas que botan hasta el infinito y luego no hay ni dios que las coja, envases de las pajitas para los batidos, pendrives, chapas, cleenex, auriculares… hasta una modena falsa de Las Vegas de un millón de dólares.

Y sumando.

Mejor ni os enseño el bolso. Ja, la Piquer a mi lado, una aficionada. Eso sí, todo lo que hay en él podría ir directamente a la basura y no perderíamos nada. Bueno, igual nos ganábamos algún cabreo porque basta para que tires algo a la basura después de meses abandonado en el fondo del bolso para que uno de los grumetes se acuerde de ello.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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