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Cuaderno de bitácora. Quedan 76 días. A remojo

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Primer fin de semana sin el capitán. Toca volver a estrujarse un poco los sesos para que los grumetes no se aburran.

El plan musican en La Casa Encendida no me convenía demasiado y tampoco me apetecía ir de un lado para otro y pegarnos la gran paliza. Así que he decidido buscar un plan cerquita de casa y cómodo.

Por la mañana hemos sacado un rato las bicis -hay que hace run poco de ejercicio para poder justificar de alguna manera las chuches que se meten en el cuerpo- y, por la tarde, hemos decidido ir a la piscina. “Sin profe”, como dice Simón.

Me gusta ir con ellos a la cubierta pero he de reconocer que soy muy friolera y con los grumetes es muy fácil quedarse helada porque les encanta ponerse a saltar en la orilla y yo claro, mientras tanto, mirando. Y me hielo.

Así que hemos hecho unos cuantos largos, hemos echado alguna que otra carrera y, después de que se hayan tirado de mil maneras disitinas al agua, al parque. A jugar un rato con los amigos para llegar agotados a casa.

Ha sido un plan genial -y no porque lo diga yo, en todos los sentidos-. Hacía mucho que no íbamos los tres juntos a la piscina. Han hecho ejercicio -lo que equivale a decir que les he cansado- y, además, les he duchado allí. Una cosa que me ahorro, y no es poco teniendo en cuenta que hemos llegado a casa del parque pasadas las nueve de la noche.

Así que cenita, peli y a dormir.

Bueno, a dormir ellos porque a mí me toca hacer un poco de limpieza antes de pisar la cama.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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