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Cuaderno de bitácora. Día 77. Y, por fin, llegó el día.

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Sabía que el tiempo iba a pasar volando y vaya si ha volado. Parece mentira que hayan pasado dos meses y medio desde que se fue el capitán y ya está de vuelta, aunque solo sea por unos días.

Todos estamos deseando verle, abrazarle, achucharle. El grumete Nicolás solo quería hoy que se hiciera pronto de noche para que pasara el tiempo más rápido y para que fuera ya viernes. Le echa mucho de menos, especialmente sus guerras de cosquillas.

Es cierto que esta semana ha transcurrido algo más despacio. Supongo que cuando se acerca una momento tan deseado, el tiempo sí que parece que detiene por un momento.

Pero ya está aquí. El gran día. Y con la llegada del capitán, mi cuaderno de bitácora se detendrá durante unos días. Creo que el capitán se merece toda mi atención y con él, este cuaderno ya no tiene tanto sentido. Eso sí, si la fuerza me acompaña lo retomaré cuando vuelve a partir hacia tierras inglesas.

Pero para eso todavía queda.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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