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Cuaderno de bitácora. Día 72. Dormir, correr, el rollo de siempre…

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Salir, beber, el rollo de siempre… Pues sí, sin los grumetes mi vida se reduce a dormir, correr y ver series. Posiblemente mucho menos fascinante que lo que relataba Extremoduro en su famosa canción, pero son tres de mis grandes pasiones y estos días estoy intentando disfrutarlas al máximo.

Levantarme a la hora que me da la gana, salir a correr cuando me apetece y ver una serie tras otra. Me he puesto al día con Mentes Criminales, Modern Family o Cómo defender a un asesino. Y me he estrenado con Homeland, en versión original y con subtítulos en inglés. No sea que venga el capitán y no le entienda ni papa.

Así está transcurriendo el fin de semana. En el que, aunque me ha costado, también ha habido tiempo para limpiar un poco la casa, ordenar papeles y hacer la comprar. No todo va a ser perrear.

Aunque como he contado en muchas otras ocasiones, cuando no están los grumetes bajo bastante la guardia, me relajo y me cuesta hasta meter el plato de la comida en el lavavajillas o tender una mísera lavadora. Ya habrá tiempo, y mucho, para ese tipo de cosas.

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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