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Cuaderno de bitácora. Día 71. Recordando viejos tiempos. ¿Qué era eso de la vida social?

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Tener hijos no tiene por qué cambiar ti vida radicalmente ni ponerla patas arriba. Pero, inevitablemente, lo hace. De la noche a la mañana, tu vida cambia. Y lo hace de golpe. Y, por mucho que te hayas imaginado mil veces cómo será tu nueva vida con un ratoncito en casa, no se le parece en nada. Lo que no significa que sea malo, ni mucho menos. Pero toca adaptarse a las nuevas circunstancias y eso afecta, inevitablemente, a la manera en la que te relacionas con los demás.

Cuando son bebés, aparentemente, todo es más sencillo. Me explico. Puedes ir a tomar una coca cola con l@s amig@s porque muchos bebés se pasan el día durmiendo. Si se despierta le das la teta o el bibe y vuelta a dormir. Si se hace popó les cambias y vuelta a dormir. Y poco más. Comer, dormir, hacer caca. Comer, dormir, hacer caca. Comer, dormir, hacer caca.

Aún así, no siempre resulta sencillo quedar. Si no conduces, como es mi caso, ni se me pasa por la cabeza coger el metro o el bus para ir con el nuevo miembro de la familia a la otra punta de la ciudad a quedar con nadie. Quien quiera verme, que se desplace. Sí, así de egoístas nos volvemos. Además, es muy probable que lleguemos tarde a nuestra cita porque, cuando tienes un hijo, necesitas, al menos, una hora para preparar todo la mochila o bolsa de paseo -ropa, pañales, baberos, chupetes, toallitas…-. Y toca madera para que no surja ningún contratiempo. El niño puede tener hambre -y no pueden esperar-, se puede haber hecho caca o puede haber vomitado.

Cuando los niños son algo más mayores, la cosa se complica. Sobre todo, si con quien o con quienes quedas no tiene hijos. No puedes quedar en un bar porque el niño se aburre y no se está quieto, e intentar mantener una conversación es totalmente imposible. Y no hay nada que dé más rabia que quedar con gente a la que hace meses o años que no ves, y no poder mantener una conversación de más de un minuto.

¿Y si vamos a un parque de bolas?, puedes sugerir. Pero te miran raro.

Así que cuando intentas quedar con alguien, procuras ir sin niños. Sí, todo el mundo quiere verlos, ver cómo han crecido, las monerías que saben hacer. Pero no. Tú sólo quieres ir sola. Así que haces oídos sordos a las súplicas de tus amigos y aprovechas para quedar cuando vienen los abuelos o cuando tu pareja puede quedarse con los niños. Eso sí. Dispones de un tiempo limitado. No puedes desaparecer toda la tarde. Sabes que tienes que volver a casa e, inevitablemente, estás todo el rato pendiente del reloj.

Por eso, estos días sin los grumetes he recuperado por unas horas mi vida social. He podido quedar a comer sin estar pendiente del reloj. He podido ir a un cumpleaños sin estar pendiente de volver a casa. He ido al cine sin preocuparme porque se caigan las palomitas o de repartir las chuches. He salido de casa sin tener hora de llegada. He salido de casa con el bolso más ligero que nunca. Sin la mochila con el agua, la merienda y los juguetes. He ido al centro comercial sin comprobar cada medio segundo que los grumetes están a mi lado…

Y sí. Aunque casi a diario cuento con la ayuda de los contramaestres, necesitaba estar totalmente sola. Liberarme por unos días de la soga de esos horarios, de esa falta de tiempo para mí misma, por muy egoísta que suene.

 

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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