0

Cuaderno de bitácora. Día 70. Hola sofá, hola tele, ha pasado mucho desde la última vez…

vintage-1133810_1280

Me he quedado sola. Los grumetes han abandonado el barco rumbo a tierras segovianas. Y yo, he vuelto a reencontrarme a solas con el sofá y con la tele. Hacía mucho que no estábamos a solas y sí, los echaba mucho de menos, a los dos.

No obstante, me ha costado llegar a casa. He tenido la tentación de quedarme un rato más en el gimnasio. Supongo que el miedo incosciente a encontrar la casa vacía. Pero me he hecho la fuerte y, finalmente he llegado a casa. Y, mientras hablaba con el grumete Nicolás por teléfono, con mi madre y mi suegra, me he puesto a recoger y a hacer muchas de las cosas que hago por inercia cuando están los grumetes, como, por ejemplo, bajar las persianas.

He tenido que improvisar la cena. Algo sencillo. No me apetecía cocinar y, al salón. A mi sofá, a ver mi tele.

Cuando vas a tener un hijo es probable que pienses en muchas de las cosas a las que vas a tener que renunciar. Viajar, salir de fiesta, ir a cenar, a bailar, qué se yo. Pero lo que realmente echo yo de menos es sentarme en el sofá y ver lo que me apetezca en la tele.

Es cierto que puedo ver lo que quiera en la habitación, pero no es lo mismo. Así que mucho me temo que los tres -sofá, tele y yo-, vamos a recuperar estos días todo el tiempo perdido…

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *