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Cuaderno de bitácora. Día 69. Vacaciones para casi todos

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El tiempo vuela. Mañana cerramos el segundo trimestre en el cole y, tras las vacaciones de Semana Santa, apenas tres meses por delante antes de recibir definitivamente al capitán y al verano.

Los grumetes cogen vacaciones, bien merecidas, por cierto. Y yo, podría decirse que también. Y no porque no vaya a ir a trabajar o nos vayamos a ir a algún sitio, sino básicamente porque me quedo sola una semana, hasta el día que viene el capitán. Yujuuu, fiesta, fiesta, relaz, zzzzzzzz.

Vamos, que descanso de niños. Se van a pasar unos días con los contramaestres y, aunque sé que les voy a echar mucho de menos -sí, de verdad-, sé que ellos se merecen desconectar también un poco y disfrutar de los abuelos a tope. Sin prisas, sin madrugones.

Así que me quedo de Rodríguez y miedito me doy, porque es muy probable que el tiempo me cunda incluso menos que cuando están los grumetes. Mis planes pasan por descansar todo lo que pueda, pero sé que no pararé de hacer cosas. Así que Elena, respira hondo y relax.

De momento ya tengo dos comidas con amigos y un cumpleaños en los dos próximos días. Esto promete. Me veo como los adolescentes que se quedan solos en casa de sus padres. Fiesta, fiesta. Eso sí, a partir de las 5 de la tarde que a las 11 tengo que estar en la cama.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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