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Cuaderno de bitácora. Día 68. Sí, hay algo peor que las juntas de vecinos

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Hoy me ha tocado un marrón de los buenos. De esos de los que habitualmente se encarga el capitán. Parecido a las juntas de vecinos, pero mucho peor. Sí señores, hay algo todavía peor.

Hoy tocaba reunión de propietarios -bueno, realmente concesionarios-, del garaje. Toma fiesta. Dos horas trepidantemente aburridas en las que el afán de protagonismo de determinadas personas roza lo cansino. Con ganas me he quedado de soltar una colleja y gritar “¿por qué no te callas?”.

Yo sé que hay mucho aburrido suelto por la vida, pero por favor, hay gente que tiene muchas, qué digo muchas, demasiadas cosas que hacer nada más llegar a casa. Asi que, abreviando, que es gerundio.

Bastante que no he podido contar el cuento a los grumetes ni acostarles, pero dejen que por lo menos cene un ratito tranquila -bueno, en realidad mientras escribo este cuaderno-, y dejen que llegue a casa a una hora decente, que todavía tengo demasiadas cosas que hacer. Sólo de pensarlo, me da una bajón de tensión.

Dos horas productivas, no obstante, aunque si nos lo hubiésemos montado bien, perfectamente lo podríamos haber solventado en una. Vamos a ver, con una lista de morosos bastante interesante, qué narices me importa a mí que en las escaleras se pongan sensores de luz. Pues erre que erre. Dame pacienciaaaaaaaa. Que no me importa tu vidaaaaaaa.

Al menos he llegado a casa y todo estaba tranquilo. Los contramaestres se han encargado de los grumetes y, aunque Nicolás le ha pedido a su abuela que me dijera que le despertara cuando llegase a casa, he sido incapaz de despertarlo.

Vamos, que lo he intentado pero estaba en un sueño tan profundo que no lo he conseguido. Ni un ojito ha abierto, el pobre.

Antes de irme a dormir tengo que seguir tachando cosas de las cosas pendientes. La primera, este cuaderno de bitácora. Ahora a por el siguiente punto del orden de mi largo día: intentar contactar con el capitán.

Así que, corto y cambio.

Foto: Pixabay.

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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