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Cuaderno de bitácora. Día 52. Si outdoor nieva, indoor se baila, se corre o lo que haga falta

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Sí, soy una cobarde. Habría quedado de postureo total haber salido a correr con la pedazo de nevada que ha caído en Segovia este fin de semana. Un selfie en plan, “si correr con lluvia vale por dos, correr con nieve, por un mes. Chúpate ésa”. Pero no.

La verdad es que el terreno estaba intransitable y ni se me pasó por la cabeza calzarme las zapatillas para salir a correr. Ni me había llevado la ropa adecuada -básicamente porque no la tengo-, ni me apetecía tropezarme, caerme y partirme el pescuezo.

Además, podía ir ‘by the face’ con mi madre a su gimnasio -no porque sea una gorrona, sino porque el gimnasio así lo permite-, así que no lo dudé ni un segundo. Era eso o quedarme en casa. Y, por supuesto, ésa no era una opción. Vamos, para haberme visto. Un show.

Así que el sábado, fui con ella a una clase de SH’BAM, una especie de baile con coreografías similar al aerobic -o eso creo- y para cuya ejecución te deberías imaginar en una discoteca. De hecho pensé que debería haber llegado a clase con un par de copas encima, porque no puedo ser más arrítmica. Yo imito y ejecuto movimientos, pero lo que se dice bailar, como que no.

No sé si me esforcé poco, pero el caso es que sudé solo un poquillo y el cuerpo me seguía pidiendo guerra. Así que mientras mi madre se iba a body balance, me fui a la cinta. Y, llamadme aventurera, pero decidí probar uno de los fabulosos programas que te ofrecen las cintas de última tecnología. Nada de subirme y observar cómo lentamente van pasando los segundos. Me arriesgué con el programa quemagrasas. Toma ya. Y no estuvo mal. 20 minutos a un ritmo bastante alegre, subiendo y bajando cuestas y sudando como un pollo. Después máquinas, a estirar, y para casa, que los niños querrían jugar con la nieve.

Y el domingo, de vuelta al gym, aunque solamente a correr en cinta. Dos programas Rolling Hill que, básicamente consiste en ir corriendo y que cada minuto o minuto y medio vaya subiendo la pendiente de la cinta -muy parecido al programa quemagrasa, la verdad-. Otra buena sudada pal cuerpo y a jugar de nuevo con la nieve. Vamos, a seguir moviendo el esqueleto.

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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