0

Cuaderno de bitácora. Día 51. Reviviendo la infancia

IMG-20160228-WA0006

Hacerse mayor es, literalmente un coñazo. Nos hacemos mayores y nos volvemos aburridos. Dejamos de divertirnos y de ser felices con las pequeñas cosas.

Todo nos da vergüenza, apuro o pereza. Desde hacer castillos de arena, pasando por disfrazarnos en Halloween o Carnaval hasta hacer muñecos de nieve y hacer guerra de bolas.

Que si me quedo fría, que si me mancho de arena, que si que si… Siempre buscando excusas.

Por eso, este finde hemos disfrutado como nunca de la nieve. Pensé qur este año no la veríamos. Pero me equivoqué. Vaya si me equivoqué.

Lo hemos pasado como enanos. Nos hemos tirado al suelo para hacer la mariposa sobre la nieve virgen. Nos hemos tirado bolas de nieve a la cara. Y, por supuesto, hemos hecho muñecos de nieve.

Capitán, te hemos echado demasiado de menos. Quizás por tu ausencia me ha tocado ser más payasa que de costumbre.

Te queremos

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *