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Cuaderno de bitácora. Día 50. Si la montaña no va a Mahoma…

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Hemos tenido muuuuuucha suerte. Los grumetes estaban empeñados en ver la nive y, sin el capitán y yo sin conducir, como que era un deseo bastante difícil de cumplir.

Así que, ante la previsión de fuertes nevadas para este fin de semana, y previendo que en Madrid capital es prácticamente imposible que nieve, nos hemos venido a Segovia, donde, por cierto, ha caído una buena. Porque como bien dice el dicho: “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña”.

Y ni siquiera ha hecho falta subir a la montaña. Ni acercarnos hasta La Granja.

Los grumetes se acostaron con nieve y se han levantado con mucha más nieve. Y, como no podía ser de otra manera, se lo han pasado como enanos. Han hecho su particular muñeco de nieve al estilo Olaf, que es lo que se lleva ahora. Han hecho guerra de bolas y, una vez empapados y muertos de frío, a casa a por una ducha bien calentita.

Y lo mejor de todo, aún nos queda todo el día por delante para seguir trasteando.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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