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Cuaderno de bitácora. Día 49. Silencio, se duerme

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Ésta ha sido una semana algo rara y he realizado algunas pequeñas concesiones a los grumetes como, por ejemplo, contar el cuento en la cama grande y esperar a que se queden dormidos para llevarles a su cama.

Es muy complicado mantenerse firme con las normas todos los días, todas las semanas… Lo intento de veras, pero hay días en los que el cansancio o las circunstancias me superan y prefiero no discutir.

Así que hoy ha tocado leer a Mortadelo y Filemón y La Pequeña Oruga Glotona en mi habitación. Bueno, en la del capitán también 😉 Hemos apagado la luz y a esperar a que, poco a poco, cayeran rendidos.

Una vez en los brazos de Morfeo toca el movimiento más complejo: salir de la cama sin hacer demasiado ruido para que no se despierten. No es sencillo. Tengo que desarroparme para salir, con lo que les desarropo a ellos también. Normlamente tengo a uno de los dos pegado a mí, con lo que corro el riesgo de moverme y despertarles. Sin contar que, cual Ley de Murphy,  cuanto menos ruido quiero hacer, más ruido hago. Que si se me cae el cuento al suelo, que si piso un zapato, que si me doy un golpe y maldigo por lo bajini en arameo…

Menos mal que cuando caen rendidos es difícil que se despierten. Bueno, eso ahora. Porque hace un par de añitos apenas te movías de su su lado y oías: “mamá, no te vayas”, “mamá, ¿a dónde vas?”

Me encantaría haber visto a Tom Cruise a lo Minority Report en una de estas. Vamos, sin hacer saltar todas las alarmas.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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