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Cuaderno de bitácora. Día 47. Esto… ¿qué vamos a cenar hoy?

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No es la primera vez que me sucede desde que se marchó el capitán. ¿Y hoy qué cenamos? La duda me ha surgido tras salir del dentista. Aunque he pensado, seguro que los contramaestres tienen la situación bajo control. Son esos pequeños detalles que a una madre se le pueden escapar alguna vez -jajajajajajaja- pero a una abuela, NUNCA.

Y efectivamente, al llegar a casa he podido respirar aliviada: tortilla de patata con chorizo. Olé, olé y olé.

Sí. Si en algo los contramaestres están siendo imprescindibles para que no se hunda el barco es en dejar a los grumetes en el cole y recogerlos, y en procurar que no cenemos todos los días pizza congelada o salchichas. Eso mejor lo dejamos para el fin de semana, como los macarrones con chorizo y el arroz blanco con tomate.

Cuando nacieron los grumetes, reconozco que me daba rabia que me trajeran comida. Y no por nada, sino porque me habría gustado haber podido hacerla yo. Pero, sinceramente, me he vuelto mucho más pragmática. Sí, todavía más. ¿Qué hay de malo en que me llenen el frigorífico de tuppers? Pues eso, que ya tengo la comida de mañana.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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