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Cuaderno de bitácora. Día 45. Y de postre, una siestecita

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Cuánto tiempo hacía que no me echaba una siestecita… Bueno, no tanto. Desde navidades, aproximadamente, pero la verdad es que me apetecía, no tanto quedarme sobada en el sofá, como estar tumbada, sin pensar en nada, sin hacer nada.

Dormir es una de mis grandes pasiones. Qué digo, mi gran pasión. Aunque en los últimos diez años correr me ha quitado muchas horas de sueño y los grumetes, ni os cuento. Y eso que me han salido dormilones. No me puedo quejar la verdad.

Los fines de semana, desde que se marchó el capitán, duermo prácticamente a pierna suelta. 9-10 horas del tirón, que se dice pronto, pero estar todo el día con los grumetes es agotador, y una siestecilla nunca viene mal. Sobre todo si ha tocado tirada larga y te has metido en las patitas 15 kilómetros y después, una buena comilona.

Así que, aprovechando que los contramaestres -mis padres- han venido a echarme una mano y se han llevado a los grumetes al teatro,  yo he aprovechado mi momento de relax. Nada de móvil, ni tablet… La tele y a cerrar los ojos. Como en los viejos tiempos.

Y qué bien me ha sabido, oiga.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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