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Cuaderno de bitácora. Día 44. En ocasiones oigo muchas voces

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Sí. En ocasiones oigo demasiadas voces a mi alrededor. Voces insistentes, capaces de repetir 1.000 veces una misma pregunta. Voces chillonas y estridentes, voces que nunca se apagan, que me persiguen allá donde voy. En la cocina, en el baño… “Mamá”, “mamá”, “mamá”, “mamá”.

¿Nadie más ha pensado por qué no inventaron a los niños con un botón para el volumen? Yo lo pienso muchas veces. Más de las que me gustaría la verdad. Y sé que no es justo. Pero a veces me gustaría bajarles un poquito el volumen a los grumetes. Qué digo, ponerles en silencio. Solo quiero no oír nada. Pero en casa, en la calle o en el súper, con dos grumetes, eso es una utopía.

Puedo contestar a sus preguntas 1.000 veces. Mil veces más me lo vuelven a preguntar. Son insistentes, de eso no cabe duda.

Todo lo preguntan, todo lo cuestionan, todo me lo quieren contar. Todo, menos lo que a mí te interesa. “¿Qué tal ha ido el cole?”. “Bien”. “¿Qué habéis hecho?”. “No me acuerdo”. “¿Qué habéis comido?”. “No lo sé”…

Obviamente, para ellos es mucho más importante enseñarte el lenguaje para hablar con los walkie talkies, el chiste de caca, culos y pedos de su amigo de clase o esa idea genial que se le ha ocurrido como que le dejes la tablet nada más llegar a casa.

Y menos mal que ya hemos superado buena parte de la  fase del ” y, ¿por qué?”, “¿por qué?”, “¿por qué?”. Yo pensaba que era una leyenda urbana que contaban padres muy exagerados. Pero no. Existe. Y es mucho peor de lo que te puedes imaginar. “Vamos a la calle”, “¿por qué?”. “Hoy comemos macarrones”, “¿por qué?”. “¿Tienes frío?”, “¿por qué?”.

No importa de lo que estés hablando. Todo lo cuestionan.

Ahora, sin el capitán, y cuando no están los contramaestres, los grumetes me bombardean a todas horas, constantemente con sus preguntas y sus cosas. Muchas veces es divertido, entretenido, porque te das cuénta de lo rápido que crecen, de lo listos y avispados que son.

Pero en otras ocasiones siento que la cabeza me va a estallar, que voya  explotar… Me entran ganas de gritar, de salir corriendo… Pero intento recomponerme y pienso en cuánto echaré de menos estos momentos en unos años.

Así que me paro, me relajo, les miro y solamente les escucho y presto atención, que es lo único que me están pidiendo a gritos.

Foto: Pixabay.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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