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Cuaderno de bitácora. Día 24. Qué mala madre soy… mira que obligarles a jugar con sus juguetes

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Otro fin de semana sin el capitán y sin grandes contratiempos, aunque he de reconocer que he perdido algo más la paciencia que de costumbre. Y no sé muy bien por qué, porque los grumetes tampoco es que hayan estado más revoltoso de la cuenta. Pero no siempre una tiene el mismo ánimo y parece que este fin de semana estaba un pelín más irascible.

En cualquier caso lo hemos vuelto a pasar genial. Parque, bicis, croses, baloncesto, parque de bolsa, mcdonald, peli, pizza, tablet… Un poco de todo, vamos.

Sí, el fin de semana pueden jugar un poco a la table. No soy una extremista de nada de televisión ni juegos en la tablet. Eso sí, con moderación y con un poco de sentido común. Aunque toque pelear un rato.

Quizás por eso el grumete mayor piensa que soy una mandona. Por eso y porque esta mañana, cuando subíamos a casa tras toda la santa mañana en el parque, les he dicho que ni tele ni tablet antes de comer. Que mientras que hacía la comida fueran a sus habitaciones a jugar con sus juguetes, algunos de los cuales llevan muertos del asco desde reyes. Ya les he dicho, todos aquellos juguetes con los que vea que no jugáis, me los llevo y ya se los regalaré yo a alguien del curro. Una amenaza con la que el capitán no estaría en absoluto de acuerdo porque tengo órdenes de imponer sólo castigos que vaya a cumplir. Y éste, obviamente, no era el caso.

“Mamá, eres una mandona”, me ha soltado Nicolás. Y yo, que no me callo ni debajo del agua y entro al trapo cual infante, “sí Nicolás, sí. Soy la peor madre del mundo. La que te obliga a jugar en tu habitación con tus juguetes”.

 

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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