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Cuaderno de bitácora. Día 23. Sólo de sobras sobrevive una madre

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Tras la ausencia del capitán son muchas las cosas que ahora me corresponden sólo a mí. Hacer la compra, poner las lavadoras, limpiar la casa, hacer la comida… y comerme lo que dejan los niños.

Sí, odio tener que tirar comida, y el dinero. Las galletitas o el plátano que ha sobrado de la merienda, el medio yogur de la cena, el helado que llevaban semanas comprar y que, ¡oh, vaya!, resulta que no les gusta.

Y todavía puede ser peor cuando sales a comer/merendar/cenar. Pueden llegar con un hambre vozar y te dejan alucindos. Sólo les falta relamer el plato. Pero otras veces, el plato intacto, la bebida intacta, el postre intacto…

Hasta hace un año, los grumetes compartían menú, ya que Nicolás era incapaz de terminarse su plato y ya ni os cuento lo que pasaba con el de Simón.

Supongo que a los restaurantes no les compensa, pero deberían tener menús infantiles conforme a su edad. Ponen la misma cantidad para un niño de tres años que para uno de doce y claro, pasa lo que pasa.

Pero como la experiencia te curte, cuando el capitán y yo salíamos fuera a comer ya contábamos con que tendríamos que comernos el postre de los grumetes (os hablo de menús infantiles que incluyen bebida y postres). Al menos el de Nicolás, que no suele quererlo. Si Simón tampoco quería el suyo, sin problema. El capitán se comía uno y yo otro. Y nosotros sin postre.

Así que en nuestra primera visita en solitario al McDonald para merendar he optado por la prudencia. Que ellos pidan y ya si acaso luego yo… Pues efectivamente, media hamburguesa para mamá del grumete Simón, más de la mitad de sus patatas fritas y, oeoeoeoeoeoe, sus dos helados. Como para haberme pedido un BigMac.

Y lo peor de todo, el juguete, ni olerlo.

Foto: Pixabay.

 

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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