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Cuaderno de bitácora. Día 22. ¿Quién dijo sueño?

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Desde que se fue el capitán estoy deseando que llegue el fin de semana. Bueno, en realidad llevo deseando que llegue el fin de semana desde el instituto, aunque por diferentes motivos. Entonces estaba deseando salir de fiesta y ahora, meterme en la cama.

De lunes a viernes mi déficit de sueño es bastante evidene. Raro es el día que duermo más de seis horas y media. Y no porque los niños no me dejen, sino porque suelo quedarme hasta las tantas avanzando algo de trabajo. Reconozco que mis días deberían tener alguna hora extra más.

Sin embargo, el fin de semana es el momento de descansar y recuperar fuerzas. Cuando estaba el capitán había que madrugar para salir a correr, o al menos no retrasarse demasiado en hacerlo si no queríamos perder toda la mañana, puesto que el capitán también corre.

Ahora, como no puedo salir a correr, aprovecho para dormir y levantarme cuando lo hacen los peques, lo que suele suceder entre las 9 y las 10 de la mañana. Vamos, que me meto entre pecho y espalda los sábados y domingo panzadas a dormir de 9/10 horas, que no está nada mal para alguien a quien le apasiona dormir.

Claro que hay que hacer cosas en casa, pero lo dejo todo bastante encarrilado los viernes por la noche y, total, si algo queda un poco desordenado tampoco pasa nada, amosdigoyo.

Como diría el refrán, no hay mal que por bien no venga.

Foto de pixabay.

 

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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