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Cuaderno de bitácora. Día 20. La compra on-line, ése gran invento

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No vengo yo aquí a descubrir la pólvora, pero comprar online cuando lo que te faltan son horas al día, es maravilloso. Antes de que el capitán abandonara momentáneamente el barco, ya había recurrido en alguna ocasión a esta fórmula.

Cuando nació el grumete Simón hacíamos la compra del supermercado a través de Internet. Dejamos de hacerlo porque siempre faltaba algún producto y porque después de gastarte una pasta gansa que te cobraran los gastos de envío me parecía una estafa. Nos vino bien durante un tiempo, ya que ir a hacer la compra con dos grumetes da mucha pereza.

Y no porque se portasen mal o se porte mal. Al contrario. Son dos soles. El problema es que en lugar de tardar una hora, tardas dos. Y en lugar de gastarte 100 te gastas 150. Porque aquí, la oficial al mando, no sólo es muy fácil de convencer a la hora de comprar ciertos caprichos sino que si en la lista hay 20 productos, siempre acabo comprando 40.

Antes de la partida del capitán hicimos una compra de las majas y, desde entonces, sólo he ido con ellos en una ocasión al supermercado. Se portaron genial, me ayudaron a meter las cosas en las bolsas… Pero, como con los niños es mejor no tener prisa, perdimos buena parte de la mañana. Y eso, ya no mola. El sábado está para hacer cosas chulas.

Así que, aunque de momento no he retomado la compra online, antes de llegar a casa, si lo necesito, paso rapidito por el súper y compro las 20 o 30 cosas que necesito y listo. Así, el finde, me olvido de tener que hacer la compra y nos centramos en lo importante, en jugar.

Para otras cosas, como la ropa y el calzado, sin embargo, internet sí se ha convertido en un gran aliado. Demasiado, diría yo. Comprar ropa online a los niños es mucho más fácil. Todo les queda bien. Eliges la talla, el modelo, el color, el dinujo… pagas y que te lo manden o a casa o a la tienda más cerana. Y, en algunos casos, sin gastos de envío. Vamos, un chollo.

Solo hay un pequeño problema. Soy de tarjeta fácil…

Foto: pixabay. (ay que ver lo que mola la ranita…)

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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