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Cuaderno de bitácora. Día 19. El otro lado de la cama

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Hoy, al bajarme de la cama me he dado cuenta de algo a lo que no le había prestado demasiada atención hasta ahora: el otro lado de la cama. El que hasta hace 20 días ocupaba el capitán.

Es una parte del camarote que, he de reconocer, me resulta bastante desconocida. Apenas la visito para limpiar de vez en cuando el polvo o guardar la ropa interior y los pijamas del capitán. Mis cosas están al lado de mi cama. Allí dejo los envoltorios de los bomboones que me como, el móvil, las llaves, los papeles del trabajo, vamos, de todo un poco.

No sé si a todo el mundo le pasa. Igual sólo es cosa nuestra. Pero desde que vivimos juntos, cada uno ha tenido su lugar en la cama. Cuando vivíamos de alquiler, también. Y esa elección, tácitamente, la hemos respetado siempre. Supongo que por costumbre y por comodidad, porque cada uno tiene sus cosas a mano.

Así que comenzar a ocupar su espacio con algunas de sus cosas o, el simple gesto de bajarme por su lado de la cama, me resulta extraño, nuevo… Mola. Ahora conecto en su enchufe la tablet, dejos los cascos en su mesilla, la caja de bombones. Vamos, que distribuyo el desorden por toda la habitación. Y sin ningún pudor.

Me he adueñado poco a poco de la habitación que, hasta hace unos días compartíamos al 50% -bueno, mi ropa en el armario ocupa tres veces más-. Pero capitán, si lees esto no te preocupes, cuando regreses recuperarás tu espacio. O eso creo…

 

Foto: pixabay

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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